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Inmóviles y gigantes en La Habana Vieja

Inmóviles y gigantes en La Habana Vieja

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La ciudad es un caminante inmóvil que recolecta alborotos cuando despiertan las estatuas que duermen en calle O’Reilly 102 de La Habana Vieja, sede del grupo de teatro callejero Gigantería Habana.

La rumba que opaca el ruido característico de los restaurantes, acompaña al sonido de la multitud en La Habana Vieja.

Es casi mágico escuchar pasos de pies de madera y toques diferentes al timbal, como si la música fuera más alegre y los gigantes provocaran sonrisas. 

Los de las piernas largas suenan a música de trompetas y a conga.

Los niños los perciben a distancia y los esperan para arrollar calle arriba o calle abajo.

Por dondequiera que pasen los zanqueros, los rostros parecen un viaje en el tiempo recordando la alegría de la infancia.

Gigantería Habana trabaja para provocar encantos desde el año 2000.

Tiene antecedentes históricos en las fiestas del cabildo el Día de Reyes, cuando el rey salía montado en zancos para representar la figura más alta.

“La compañía asocia esas costumbres a una representación popular que pasa por generaciones y luego se involucra con la ciudad patrimonial que tenemos hoy”, comenta Elizabeth Marrero, directora de la agrupación teatral.

Los artistas —además de los pasacalles—  tienen otra manera de hacer arte.

Bajo tonalidades oscuras y bronce, hay quienes prefieren la inmovilidad para contar la historia.

Andrés Pérez, artista de la compañía, descubrió hace más de 20 años las posibilidades de comunicar mediante la estaticidad.

Ahora representa a la estatua viviente del Caballero de París y puede encontrarse en cualquier rincón como parte del centro histórico, siempre con una cajita abierta.

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Estatua viviente que simula al Caballero de París.

El público se detiene al verlo, echa dinero y Andrés, que en ese momento no es él, sino el Caballero, devuelve algo, puede ser una flor o un caramelo.

Según la escritora Dazra Novak, en su libro Habana por dentro, las personas creen que los artistas de Gigantería necesitan del público para vivir; pero realmente somos nosotros los que recibimos en nuestras bolsitas su ánimo radiante.

Olysdrey Issac Ribera es integrante del grupo, practica el estatuismo en La Habana Vieja.

Él es como una empresa con un único empleado que ocupa más de diez cargos.

Sus estatuas forman parte de un performance, donde él funciona como guionista, productor, chofer, patrocinador y todo lo necesario.

Uno de los personajes representados por Issac es El Capitán Chalupa, un corsario que busca a la bruja que le cortó la cara.

Para encontrarla hace espectáculos en la ciudad, así ella caerá en la trampa y vendrá a él con el objetivo de verlo, como mismo hacen los caminantes.

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“Este corsario no regala nada de vuelta. Brinda la acción de despojarse de la identidad del actor para convertirse en una estatua que revive.

“La mejor devolución al público son sus reacciones, cuando desaparece la quietud y parecen despertar otras estatuas condenadas a lo permanentemente inmóvil”, asevera Issac.           

Por lo asombroso que genera esta expresión artística, el historiador cubano Eusebio Leal la apoyó mucho, incluso cuando no se podía actuar en las calles y obtener dinero por hacerlo. Él quiso que a La Habana no le faltaran las estatuas vivientes.

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Estatua viviente en La Habana Vieja.

Issac, con las suyas, seduce a la ciudad, allí, en La Habana Vieja.

En la azotea del edificio, quema los corchos de las botellas de vino que recoge por los bares y restaurantes.

Así hace el carbón que necesita para pintarse de negro la cara y el cuello.

Cada detalle que da forma al personaje, aleja a quien queda debajo del bronce simulado.

Aun así, en las estatuas vivientes siempre se nota lo humano. Eso vuelve llamativo lo inmóvil y deja viva la ciudad.

Por Francis Viñals Iglesias

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