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Lo sempiterno en la obra de Héctor Quintero

Lo sempiterno en la obra de Héctor Quintero

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La razón por la cual Héctor Quintero es uno de los escritores más notables de Cuba es esta: él era mucho a la vez.

Un teatro cercano al pensamiento contemporáneo, a tantas maneras de vivir, de ser, un viaje hacia adentro, hacia lo más auténtico del cubano, un camino hasta la raíz fue lo que nos mostró Héctor Quintero.

Cuando casi transcurren ochenta años desde su natalicio, pensar en su obra conduce hasta una gran biblioteca simbólica, la sala de un cine, un estudio de radio, un pie de micrófono donde se dejaba la voz, que caía rendida ante un poema o ante una canción.

La razón por la cual Héctor Quintero es uno de los escritores más notables de Cuba es esta: él era mucho a la vez.

No se conformaba con escribir; también dirigía, actuaba, narraba, producía, cantaba, declamaba, y conducía programas.

Y ante todo, con una sensibilidad arraigada a la conciencia histórica.

Aun así, no fue toda esta diversa gama de aptitudes la que legitimó su excepcionalidad, sino la filosa certeza de hacer que lo más aparentemente ordinario, imperceptible o simple se tornara un acto histriónico implacable.

Héctor se ganó al público porque la honestidad que vertía en sus personajes infundía no solo risa, belleza, sino también confianza y más aún, propiciaba reflexión.

Él mostró una Cuba sin filtros, real, y en esta transparencia de aguas claras encontraron muchos su reflejo.

Sus aportes al teatro cubano encuentran un registro amplio de obras. Desde la comedia y la sátira política, su defensa de los valores humanos, lo cultural tradicional, Héctor se tenía a sí mismo como un defensor de lo popular y lo criollo.

En Contigo pan y cebolla, la emblemática obra que tuvo su nacimiento en el año 1962, y que fue llevada a la escena dos años más tarde por Sergio Corrieri, con el Grupo Teatro Estudio, la naturalidad de cada personaje ponía a danzar en la telaraña cualquier intento de sobreactuación.

Si bien el recurso humorístico aderezaba como ingrediente principal, este era luego desarticulado con el paso hacia lo trágico o dramático.

«Héctor Quintero- que para mí es el gran comediógrafo cubano- obliga a entrar en esa virtud de humor criollo.

«Pero en situaciones dramáticas lograr esos niveles de transición en el actor, hacerlos creíbles, es complicado», expresó en una entrevista publicada en el diario Granma, Julio César Ramírez, director de Teatro D` Dos, grupo que en 2014 estrenó una nueva versión de esta obra.

Su idea de tradición, idiosincrasia, costumbrismo se funde con la psicología del pensamiento contemporáneo de la época.

Una sencillez que brilla con los retoques de humor y la característica de comunicar sin capas de humo, a través de un lenguaje claro, conciso, propio del cubano de todos los tiempos.

Héctor prefirió concebir tanto en la escena como en su literatura, la narrativa de un teatro ligero.

Con ello digo, libre de máximas del absurdo, o ambages en el discurso comunicativo.

Un teatro enfocado hacia los comportamientos sociales y las costumbres, y reflexión filosófica sobre las oscilaciones y recodos de la existencia humana.

Como un hombre de época, consciente de su realidad, fue para él algo muy importante colocar un espejo delante de cada espectador y sentado al frente, mostrarle el lugar que ocupaba en el mundo.

Quizás la grandeza de Héctor Quintero no estaba en las múltiples facetas de su desempeño artístico y su triunfo en cada una, sino en saber entretejer todos los hilos.

Crear no ya una obra, sino un efecto, un despertar de la conciencia, una reconciliación con un pensamiento ignorado, un freno en el andar cotidiano y rutinario, para pensar en esa cotidianidad y esa rutina como un todo, desde la distancia.

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Héctor Quintero. Foto: Archivo.

Su arte trasciende cualquier idea de teatro simple. Su quehacer creció en medio de profundos cambios y crisis político-sociales.

El teatro, ese espíritu atormentado con la realidad, que pugna por salvarse y en ocasiones por defenderse de ella, o trata de salvarse con ella, no ha sido más que una lucha, una gesta libertaria nacida de otras.

La urgencia del humor convidó no solo a reír, sino más bien a entender que la inteligencia de los hombres recae sobre la acción y la actitud ante la vida.

Quintero toma la realidad de escenografía y la identidad como el componente dramático que encaminará la trama.

Laureado en 2004 con el Premio Nacional de Teatro, Quintero ha dejado tras de sí más bien todo un patrimonio escénico.

Tras su paso por el mundo, Héctor dejó compañías teatrales, textos para la radio y la televisión, música, poemas, personajes, obras de teatro escritas y escenificadas.

Como esos pilares en la escena cubana imprescindibles, la visión del dramaturgo hacia la identidad, la tradición, esa nacionalidad preponderante, el compromiso con los menos afortunados y con la historia precedente, volver a Quintero nos devuelve el camino del que venimos, la semilla, el nacimiento y el recuerdo.

¿Quién hubiera asumido tantos roles y entendido la responsabilidad de cada uno hasta llegar al resultado, si no hubiera sentido tanto amor por el arte?

Por ello, la obra de Héctor Quintero es, ante todo, una obra de amor, no ya por su amplio legado, sino además por la cercanía, vínculo y mirada sobre lo popular tradicional con lo que ha creado un imaginario teatral único en el mundo.

Por Lis Rivas

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